¿Cómo les baila a todos mis queridos Larrys? Yo estoy con algo de sueño porque como nunca hoy tuve que madrugar. Tuve que poner despertador a las 6:45 am, pero no pude cerrar un ojo como hasta las 4:00. Ni les cuento la carita matutina con la que aparecí en el baño. En pocas palabras, digna de zombie de Resident Evil 4, con legañas, claro está. Razones para este desvelo hay muchas, pero creo que la razón fue una rabieta que tuve en la tarde contra la tecnología. Les cuento que fue lo que pasó.
Todos conocen los pendrives con MP3. Más de alguno debe estar agradecido de que la nanotecnología haya permitido la creación de estos pequeñines que no se pueden comparar en capacidad a la arcaica quemada de CDs. Sin embargo, hay veces en que estos diminutas hueas nos pueden cagar la onda y, dependiendo, hasta la existencia. Como reza el nuevo himno del Bazar: “Que levante la mano quién no uso pendrive, que levante la mano a quien no se le borró”.
Como universitario, más de una vez confié mi vida a mi fiel pendrive, y sólo porque del de arriba es grande, siempre respondió y aperró. Nunca tuve un puto drama. No obstante, tenía amigos y compañeros que el aparato mágico randomente cagaba y perdían el trabajo, informe, power point y hasta tesis para impresión. Creí que esos dramas no me pasarían a mí; que era como “Hypendrive, el inmortal”. El destino pronto probaría lo errado que estaba.
Ayer me tocó recibir un MP3 de la pega para usarlo en una clase. Tras haber estado toda la tarde planificando la huea de clase llegó el momento de poner fin al proceso pasando el audio al MP3/Pendrive y con eso sería el fin de la odisea. Pico de perro. Al intentar borrar los archivos existentes me apareció uno de esos mensajes que a todos nos encanta leer “disco protegido contra escritura”. “¿Qué chucha?” me dije pa’ mis adentros. Procedí, pues, a intentar crear una nueva carpeta, hecho que obviamente gatillo el mismo mensaje.
Iba en el 5to intento y ya la sangre empezó a hervir, junto con normal inculta-informal. “¡Pero responde, reconchetumadre!” le grité, mas no hubo respuesta alguna. Entonces recordé que mi hermano algo le pega a esto de la computación y le pegué in ring-razo. Él estaba en la playa y sólo pudo decirme “Bah, que raro”. La respuesta me dejó aún más irritado, pero me sugirió buscar en Google alguna solución.
Pa’ hacerla corta cabros, perdí 30 minutos tratando de formatear la caga’ de pendrive, que para colmo de colmos no era ni mío. Me irritaba a cagar la idea que esto fue obra de otro infeliz que lo uso antes que yo y al ver que cagó lo entregó tal cual. Al final, no sé como cresta pescó y logré formatearlo. “¡Aleluya, Cristo vive!” clamé en tono celestial. Pasé el audio y dejé cargando la pila para que estuviera lista para mañana.
Al rato tuve la ocurrencia de ver si se escuchaban las pistas, a lo que la diminuta pantalla de varios colores respondió con el mensaje “No files detected”. Ahí la rabia me superó: “Sabi que más, ¡ándate a la reconchetumadre, huea de mierda!” Y lo tiré al sillón, sin más preámbulos. Confieso lo hubiera tirado al piso, pero la idea de saber que no era mío me ganó (junto con la idea de después tener que pagar esa huea malísima).
En fin, era ese episodio de rage attack que quería compartir con ustedes, mis distinguidos Larrys, esta noche de otoño-verano. Espero esta noche poder dormir mejor, y si no, ni me saluden el domingo. Nos vemos pronto, Larryses.